domingo, 18 de diciembre de 2011

INTERNET Y LA CULTURA LIBRE



“A diferencia de las leyes reales el software de Internet no puede castigar. No afecta a la gente que no está conectada (y solamente lo está una minúscula minoría de la población mundial). Y si no te gusta el sistema de Internet, siempre puedes apagar el módem”.

Con esta afirmación, en su reseña sobre "Código y otras leyes del cyberespacio", David Pogue comenta el fenómeno de Internet en relación a su influencia en la vida real.
En 1999, cuando se publicó dicha reseña, puede que esta visión, aunque no clarividente, fuese razonable. Evidentemente, hoy en día ha quedado obsoleta, además de ser una afirmación incorrecta.

El libro "Cultura Libre" de Lawrence Lessig, a partir del cual surgen las reflexiones que se exponen en este texto, se centra precisamente en como las cuestiones que afectan a la vida en Internet influyen de manera determinante en "la gente que no está conectada".
El desarrollo de la tecnología de internet está aportando, más allá de una serie de ventajas evidentes en la vida de las personas, muchas transformaciones que quedan ocultas. Se trata de consecuencias que afectan de manera crucial a nuestra tradición y en particular a la forma que se produce y se comparte la cultura.

Venimos de una tradición de "cultura libre" que apoya y protege creadores e innovadores y que para eso se basa en reglas. Lo opuesto de una cultura libre es la cultura del permiso, en ella los creadores y los innovadores dependen del permiso de otros para acceder a los contenidos antiguos, y por lo tanto, para construir sobre ellos y gracias a ellos.
El cambio radical en la manera de producir y compartir cultura se ve reflejado en una serie de aspectos medibles y tangibles, tal como el cambio en el ámbito de acción de las leyes.

Internet desde que ha entrado en la vida diaria del mundo desarrollado ha generado una serie de cambios técnicos en la manera de comunicarse, en la forma de recopilar y almacenar datos, y a la vez ha introducido cambios estructurales en la forma de producir y compartir cultura.
En el pasado existía una separación muy clara entre lo que era la "cultura comercial" y "cultura no comercial" pero la aparición de internet ha impulsado la eliminación de esta separación entre comercial y no comercial, dejando que las leyes sean las que la lleven a cabo. Estas leyes, presionadas por los grandes medios, han empezado a abarcar el ámbito que define las formas habituales en que se crea y comparte cultura, las que en el pasado no estaban sometidas a regulacíon.
La consecuencia de esta tendencia es que cada vez en menor medida formamos parte de una cultura libre y más una cultura del permiso.


"Los dueños de la propiedad creativa deben recibir los mismos derechos y protecciones que los demás dueños de una propiedad tienen en este país".

Con esta frase Jack Valenti, presidente de la compañía de Cine MPAA de los EE.UU. declaraba su estrategia para enfrentarse a "su propia guerra contra el terrorismo".
La sencillez de la frase de Valenti consigue hacer convincente y casi obvia su afirmación. En realidad, si se quiere profundizar en su declaración, se percibe que ésta esconde una posición extrema y radical presuponiendo un borrado de cienes de años de tradicion legal estadounidense.
Siempre, la ley estadounidense, ha tratado a los dueños de la propiedad creativa de manera diferente a los de cualquier otra propiedad. Dejar que tengan los mismos derechos debilitaría la capacidad de los nuevos creadores para producir.

La constitución de los Estados Unidos prevee, en el caso en que el gobierno te quite una parte de tu propiedades materiales, una "compensación justa" por esa expropiación. Sin embargo, la misma Constitución habla de manera muy diferente sobre la "propiedad creativa". La Constitución exige que después de un "tiempo limitado", el Congreso recobre el derecho de "propiedad creativa" que ha concedido temporalmente y que la "libere" incorporándola al dominio público. El copyright, por lo tanto, tiene una fecha de caducidad para que los conocimientos vuelvan al dominio público y puedan servir de base para el conocimiento futuro. La creatividad depende de que los dueños de la propiedad no lleguen a tener un control perfecto.
El punto no es tanto si se tiene que proteger la creatividad, sino cómo hay que hacerlo.

Lessig explica, a través de una serie de diagramas, como los factores que han regulado la propiedad, con el tiempo y el desarrollo de las nuevas tecnologías, han adquirido diferente peso, manifestándose como consecuencia unos desequilibrios que las leyes han tenido que colmatar.
Hasta la aparición de internet había un equilibrio entre las leyes, las normas, el mercado y la arquitectura. Internet ha aportado un cambio drástico en la arquitectura, limitando enormemente sus restricciones (es más facil, copiar, reproducir, compartir contenidos que antes) y el mercado también reduce sus restricciones. El resultado es que las normas se acumulan destrozando ese equilibrio que existía antes.

La gran cantidad de usos que se puede hacer de un contenido, como por ejemplo un libro, se puede dividir entre usos no regulados por la ley del copyright (leerlo, prestarlo a un amigo, dormir encima de él...) y usos regulados (reimprimirlo, hacer copias...). Entre estos dos ámbitos hay un tercero, muy sutil, que implica acciones que pertenecen a la segunda categoría, tal como hacer una copia, y que a pesar de ello están sin regular ya que la ley las considera de"usos justos" (por ejemplo citar partes del libro en una reseña).
Con la aparición de Internet, cada uso de una obra implica una copia. El hecho de prestarle a un amigo un libro a través de internet implica una copia a nivel legal sólo por el hecho de realizarse dentro de la arquitectura de la red digital, haciendo que disminuyan de forma drástica los “usos no regulados” sobre una obra.

Dejando de lado la legitimidad de los derechos de los dueños del copyright, lo que importa aquí es entender que paulatinamente van desapareciendo los que antes eran considerados usos sin regulación, haciendo desaparecer una parte importante de la cultura antes de la aparición de Internet.
El resultado es que mientras el número de canales se incrementa drásticamente, la propiedad de estos canales se reduce a unos pocos y los productos transmitidos se hacen cada vez más homogéneos y más "seguros".


El debate hasta el momento, como se ha visto, ha quedado definido por dos extremos: la propiedad contra la anarquía, el control total contra ningún reconocimiento a los artistas, todos los derechos reservados contra ningún derecho reservado.
Lo que falta es investigar las posibilidades que existen entre estos opuestos, recuperando el equilibrio que había antes de las transformaciones aquí descritas.
Es necesario, por lo tanto, encontrar una manera de respetar el copyright dejando la posibilidad a los artistas de liberar contenidos de la manera que les parezca más apropiada. Recuperar una serie de libertades que antes del cambio de la arquitectura del sistema y de los mercados estaban dadas por sentadas.

Además de acciones individuales son necesarias también reformas legales, Lessig esboza en su libro cinco tipos de cambios que considera importantes: la necesidad de más formalidades, de plazos más cortos, de uso libre frente a uso justo, de liberar la música y de despedir a un montón de abogados.

La crítica que Lessig desarrolla en su obra no tiene como objeto el conjunto de las leyes o la ley del copyright en sí, sino que, en esencia, la mala utilización de éstas y el fracaso de los abogados a la hora de medir los costes de la ley. No es que el sistema legal este corrupto, el problema es que éste funciona para aquellos que tienen el máximo de recursos, simplemente porque los costes del sistema legal son tan altos que casi nunca se puede conseguir justicia. Son estos costes los que distorsionan la cultura libre. El alto precio, la torpeza y la arbitrariedad de este sistema es lo que produce que las leyes sólo funcionen para el 1% de los clientes, cuando se podrían realizar unas transformaciones para que sea radicalmente más eficaz y menos costoso y, por lo tanto, radicalmente imparcial.

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